Sobre “La Ballena Azul”

Una vez más nos enteramos a través de la prensa de un "juego" macabro, que apunta a la ingenuidad y vulnerabilidad de los adolescentes para encontrar eco. Más allá de las discusiones sobre si este juego existe o no, la realidad es que  llegó a Latinoamérica  y nos interpela a tener que hacer algo con esto desde nuestro rol de adultos orientadores -mamás, papás, docentes, referentes sociales- que nuevamente nos vemos enfrentados a escenarios y miedos para los que no tenemos mucha respuesta.

En primer lugar, por desconocer  en gran medida la mecánica de esta clase de desafíos, y en segundo lugar, porque en la lógica de las redes y del mundo adolescente nos cuesta enterarnos qué hacen los adolescentes en Internet, con quién dialogan, qué mundos exploran. Por lo cual, insistimos una vez más que la clave sigue y seguirá siendo abrir el diálogo con ellos, que estén informados a tiempo, que puedan compartir sus miedos y sus dudas con sus pares y también con su familia, para lo cual, ahí sí se trata de nuestra responsabilidad: instalar esos espacios de diálogo posibles.
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En Chicos.net estamos convencidos que un recurso invalorable es la mesa en donde se comparten diferentes comidas. Por eso el año pasado lanzamos la campaña  #cenasinpantallas-, el desafío que propone que, en el momento del almuerzo, el desayuno, la cena, la familia se reuna sin dispositvos. Esta idea estimula a poner "sobre la mesa" los temas del momento, y también, los miedos con los que esta sociedad violenta nos vincula: los adolescentes, como nosotros, tienen miedo.

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Es falso creer que los más jóvenes con su "llevarse el mundo por delante" no tienen miedo. La violencia genera miedo, y este juego propone otra forma de violencia, una más de las que sucede a través de las pantallas, generada por un interlocutor desconocido, que inicia el contacto amistoso y que parece imposible que genere un daño, que se gana la confianza de ese joven, que genera lazos en los que el adolescente empieza a embrollarse, donde compromete su intimidad, y queda atrapado entre situaciones de terror y de extorsión.

Aunque la mayoría de los y las adolescentes conversan entre sus pares sobre aquello que los divierte y también sobre lo que los aterra, y no son presas tan fáciles de situaciones que ellos mismos llaman “turbias”, tenemos que estar despiertos ante ese costado vulnerable del adolescente, donde la transgresión o no medir ciertas consecuencias de sus actos son factores de riesgo.

Debemos estar alertas y apoyar a los más débiles, por no encontrar en el grupo de amigos la contención y camaradería que necesitan, por ser discriminados, "bulleados", aislados. Demos vuelta la escena: en vez de miedo, pensemos que tenemos la oportunidad para aliarnos con ellos y trabajar juntos en escuelas, grupos de educación no formal y otros espacios grupales. Hablar con ellos y ellas, escucharlos, pensar estrategias juntos, nos servirá para salir de la mirada adultocentrista de nuestras reflexiones, y nutrirnos de la mirada de los más jóvenes. Y así, juntos contruir factores de protección desde una base posible y no impuesta.